Allá arriba no hay banquina: lo que volar me enseñó sobre cuidar la salud

Hola, hoy quiero conversar con vos sobre un ritual que aprendí volando y que, con los años, se transformó en una de mis mayores enseñanzas sobre la salud.

Los que me conocen ya saben que tengo un avión que se llama Richard. Sí, con nombre propio, porque para mí no es una máquina: es un compañero de travesuras (esa mezcla de travesía y aventura que me gusta inventar). Y como con todo buen compañero, antes de cada vuelo tenemos una conversación. Se llama chequeo pre-vuelo.

El chequeo pre-vuelo es un recorrido lento y atento alrededor del avión. Verifico los alerones, reviso el motor, miro las ruedas, los comandos, cada superficie. Nada queda librado al azar. Y una aclaración importante: lo hago aunque Richard haya volado perfecto el día anterior. Aunque “se sienta bien”. Aunque yo esté apurado.

¿Por qué tanta dedicación? Porque entre pilotos tenemos un dicho que lo resume todo: allá arriba no hay banquina.

Si vas manejando por la ruta y el auto empieza a hacer un ruido raro, te orillás, ponés las balizas y llamás a alguien. Molesto, sí, pero solucionable. Ahora, a unos cuantos metros de altura esa opción no existe. No hay dónde detenerse a revisar el motor. Por eso el piloto no espera a que algo falle: se anticipa. Cuida su avión antes de despegar, no después del susto.

Y acá viene la pregunta que me hago desde hace tiempo y que hoy te comparto: ¿por qué con nuestro cuerpo hacemos exactamente lo contrario?

Muchos de nosotros, sobre todo después de los 50, tratamos al cuerpo como si fuera el auto: lo llevamos al taller recién cuando hace ruido. Prestamos atención a nuestro cuerpo cuando algo duele, nos ocupamos del descanso cuando ya estamos agotados, tomamos conciencia de lo que comemos cuando un análisis da mal. Pero te propongo mirarlo de otra manera: el cuerpo no es el auto, es el avión. Estamos en pleno vuelo, todos los días, y no hay banquina donde estacionarlo. Es el único vehículo que tenemos para toda la travesía.

Ojo, no te estoy proponiendo vivir con miedo ni obsesionarte con estudios y análisis. Te propongo algo más profundo, algo que aprendí en el coaching ontológico: cambiar el observador. Pasar de “atiendo la salud cuando falla” a “mantengo la salud para que me acompañe a donde quiero ir”. Cuando cuido a Richard, en el fondo me estoy cuidando a mí. Y cuando me cuido yo, cuido también a los que vuelan conmigo: mi familia, mis amigos, mi comunidad.

¿Y cómo sería un chequeo pre-vuelo de la salud? Te comparto el mío, en versión simple:

  • El descanso. ¿Cómo vengo durmiendo? El sueño es el hangar donde el cuerpo se repara cada noche.
  • El combustible. ¿Qué le estoy cargando al tanque? Nutrición inteligente es darle al cuerpo lo que necesita, no solo lo que resuelve el apuro.
  • El movimiento. ¿Me estoy moviendo todos los días, aunque sea un rato? Un avión que no vuela se deteriora más rápido que uno que vuela seguido.
  • La cabina emocional. ¿Cómo están mis conversaciones, mis vínculos, mi gratitud? Porque la salud también se cuida desde lo que sentimos y desde quiénes estamos siendo.

No hace falta hacerlo todo perfecto ni todo junto. Pequeños hábitos sostenidos le ganan por lejos a los grandes arranques que duran una semana.

A esta altura del vuelo, con mi medio siglo de juventud acumulada (y un poquito más), agradezco al universo cada mañana que puedo hacer mi chequeo, el de Richard y el mío. Y cada vez tengo más claro que llegar lejos no es cuestión de suerte: es cuestión de mantenimiento.

Te dejo una pregunta para esta semana: si tu cuerpo fuera tu avión, ¿pasaría el chequeo pre-vuelo de hoy? ¿Qué ítem de tu lista está pidiendo un poco de atención?

Si querés que conversemos sobre cómo armar tu propio plan de mantenimiento —simple, posible y a tu medida—, escribime. Me encanta acompañar a personas que, como yo, quieren llegar lejos volando bien.

Gracias por leerme y por compartir este vuelo.

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