El piloto disfruta del vuelo: mover el cuerpo por placer, no por obligación

Hola, ¿cómo estás? Hoy quiero conversar con vos sobre algo que, si sos de los míos, seguro escuchaste mil veces: «tenés que moverte más». El médico, tus hijos, un amigo, el reloj que vibra en la muñeca. Todos con razón, y todos usando la misma palabrita que a mí me hace ruido: tenés que. Como si mover el cuerpo fuera una tarea más de la lista, entre pagar la boleta de la luz y sacar la basura.

Y acá va lo que aprendí volando. Ningún piloto se sube a la cabina pensando «uf, qué obligación tener que volar de nuevo». Al contrario. Uno hace todo el chequeo, calienta el motor… y cuando las ruedas se despegan del suelo, aparece esa sonrisa que no se puede fingir. El piloto disfruta del vuelo. No vuela porque tiene que. Vuela porque quiere.

¿Y si con el cuerpo fuera igual? ¿Y si dejáramos de movernos por obligación y empezáramos a movernos por placer?

El problema no es el movimiento, es el «tenés que»

Fijate una cosa. A los chicos nadie les dice «tenés que jugar». Juegan, corren, se trepan, se caen y se vuelven a levantar, y lo hacen porque es puro disfrute. En algún momento de la vida —y me animo a decir que cerca de la mediana edad— el movimiento dejó de ser juego y se volvió deber. Ejercicio. Rutina. Algo que hacemos con cara de sacrificio, contando los minutos, apretando los dientes.

Desde el coaching ontológico lo diría así: no es lo mismo la conversación «tengo que hacer treinta minutos de bicicleta» que la conversación «me voy a dar el gusto de caminar hasta el arroyo». Las dos te mueven el cuerpo. Pero una te pesa y la otra te alegra. Y el cuerpo se da cuenta de la diferencia. Lo que hacemos con fastidio lo abandonamos rápido; lo que hacemos con ganas, lo sostenemos toda la vida.

Relajación activa: ni sofá ni sufrimiento

En el Aikido hablamos de la relajación activa: ese punto medio entre la tensión que agarrota y la relajación muerta del que se desploma en el sillón. Estás presente, disponible, con el cuerpo despierto pero sin pelearte con él. Para mí, ese es el estado ideal para moverse pasados los 50. Ni el gimnasio a los ponchazos queriendo ser el que fuiste a los 25, ni la quietud del que ya se dio por vencido. Un movimiento amable, constante, que te deja mejor de lo que empezaste.

Porque acá hay un detalle que está bueno tener en cuenta: el cuerpo que tenemos a esta edad es un cuerpo con medio siglo de juventud acumulada. Sabe cosas. Merece respeto, no castigo. Moverlo no es domarlo, es acompañarlo.

Tres formas de volver a disfrutar el movimiento

1. Elegí una actividad que te guste, no la que «deberías». Si odiás correr, no corras. Caminá, bailá en la cocina, andá en bici, nadá, cuidá la huerta, sacá a pasear al perro sin apuro. El mejor ejercicio no es el más intenso: es el que vas a repetir la semana que viene.

2. Buscá el placer dentro del movimiento, no solo el resultado. No camines solo para bajar el colesterol. Caminá para escuchar los pájaros, para ver cómo cambia la sierra con la luz, para conversar con alguien. El cuerpo se mueve igual, pero el corazón se suma al viaje.

3. Constancia amable, no perfección. Diez minutos hoy valen más que la promesa de una hora que nunca llega. El piloto no vuela una vez al año haciendo acrobacias; vuela seguido, tranquilo, disfrutando cada despegue. La longevidad se construye así: con hábitos chiquitos sostenidos en el tiempo, no con hazañas.

Volver a jugar

Te propongo una travesura —de esas mías, mezcla de travesía y aventura—: esta semana, movete una sola vez por puro placer. Sin contar pasos, sin reloj, sin culpa. Elegí algo que te dé ganas y date el gusto. Después fijate cómo te sentiste, no cuántas calorías gastaste.

Porque al final de cuentas, mover el cuerpo después de los 50 no se trata de pelearle al tiempo. Se trata de disfrutar el vuelo mientras dura.

Gracias por leerme y por regalarle a tu cuerpo esta conversación.

¿Cuál es esa actividad que te da placer y que hace rato no te das el gusto de hacer? Contame, me encanta leerte.

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