Tomando altura: cuando los problemas se ven más chicos desde arriba

Hola, ¿cómo andás? Hoy quiero conversar con vos sobre algo que aprendí allá arriba, en la cabina de Richard, y que me viene rescatando en tierra bastante más seguido de lo que hubiera imaginado.
Te pinto la escena. Uno se sube al avión con la cabeza cargada. La factura que vence, esa conversación pendiente que venís posponiendo, la preocupación que te da vueltas hace días y que parece del tamaño de una montaña. Arrancás el motor, carreteás, y en el momento del despegue todavía la llevás pegada al pecho. Pero pasa algo curioso: a medida que Richard toma altura, los autos se van haciendo chiquitos, las casas parecen de juguete, los campos se ordenan en cuadraditos prolijos… y esa preocupación gigante, sin que te des cuenta, también empieza a achicarse.
¿Te pasó alguna vez de alejarte un poco de un problema y descubrir que no era tan grave como parecía? ¿Que lo que de cerca te tapaba el sol, desde un poquito más lejos era apenas una piedra en el camino?
En el coaching ontológico hablamos de que los hechos son una cosa y la interpretación que hacemos de ellos es otra muy distinta. La “gravedad” de las cosas rara vez vive en las cosas mismas: vive en el observador que las mira. Y acá está lo interesante: al observador lo podemos mover. No siempre podemos cambiar lo que pasa, pero casi siempre podemos cambiar la altura desde la que lo miramos.
Fijate que cuando estamos pegados a un problema, perdemos la proporción. Lo urgente nos tapa lo importante, la parte nos tapa el todo. Es como volar a diez metros del suelo: ves cada árbol, cada alambrado, cada bache, y todo te parece un obstáculo enorme. Tomás doscientos metros de altura y de golpe aparece el paisaje completo: el camino, hacia dónde va, las alternativas que antes no veías. El problema no se achicó de verdad. Se acomodó en un mapa más grande.
¿Y cómo hago para “tomar altura” cuando no tengo un avión a mano? Porque no se trata de escaparse ni de hacerte el distraído. Tomar altura no es negar el problema, es ganar perspectiva sobre él. Te dejo tres formas que practico:
Ganá distancia en el tiempo. Preguntate: esto que hoy me quita el sueño, ¿lo voy a recordar dentro de un año? ¿Dentro de cinco? La mayoría de las veces la respuesta ordena todo sola.
Ganá distancia en el cuerpo. Una caminata, respirar hondo, aflojar los hombros. En Aikido lo llamamos relajación activa: ese centro entre la tensión que te agarrota y el abandono que te tira. Desde ahí uno piensa distinto; desde la tensión, solo reacciona.
Ganá distancia en la mirada. ¿Cómo vería esto alguien que quiero y me quiere? ¿Qué le diría a un amigo que estuviera pasando por lo mismo? Casi siempre somos más sabios y más amables con los demás que con nosotros.
Y te comparto algo que noto mucho en la gente de mi edad, en esto de los cincuenta y pico de juventud acumulada. A veces cargamos problemas viejos como si fueran nuevos, los seguimos volando a ras del suelo cuando ya tenemos toda la experiencia para tomar altura. Los años, si los dejamos, nos regalan justamente eso: una cabina más alta, una mirada más ancha. Sería una pena no usarla.
No te propongo que nada te afecte. Los vientos existen, y un buen piloto no los niega: los lee y ajusta el rumbo. Te propongo algo más simple y más amoroso con vos mismo: la próxima vez que un problema te parezca del tamaño de una montaña, antes de pelearte con él, probá subir un poco. Tomá altura. Mirá el paisaje completo. Y recién ahí decidí.
Porque desde arriba casi todo se ve más chico. Y vos, más grande.
Te dejo la pregunta para la semana: ¿qué problema estás mirando demasiado de cerca? ¿Y qué pasaría si tomaras un poquito de altura?
Gracias por leer y por acompañar este viaje. Como siempre, si esto te resonó y querés que sigamos la charla, estoy a un mensaje de distancia.
Un abrazo grande, buen vuelo.
Pablo — Kenko Life
Muy bueno Pablo , un gran aprendizaje para el día a dia, eso de tomar altura y ver las cosas que nos pasan, que nos preocupan desde otro lugar, entre el vuelo y el couching y tú don de escritor, das una gran enseñanza de vida, gracias hijo querido, te amo, un abrazo glande